Thursday, January 19, 2006

Discurso Patricia Mercado, Los jóvenes

Nuestra casi única posibilidad de crecer: los jóvenes
Patricia Mercado C.


Dentro de diez años, nuestro país contará con treinta y cinco millones de jóvenes. Hoy por hoy se trata del 45% del padrón electoral: este país tiene futuro. Ésta es la buena noticia. Las malas, sin embargo, son: que los jóvenes (quienes menos recursos tienen) asisten a escuelas cada vez más mediocres; que cada vez son más jóvenes los que tienen que ser rechazados en los exámenes de admisión a las universidades públicas por la baja calidad de su preparación en el nivel medio superior; que la guerrilla, el narcotráfico y las bandas fundamentalistas y violentas se multiplican geométricamente gracias a sus jóvenes reclutas. No solo en países como México esto sucede, pues como ahora sabemos los terroristas suicidas en Londres eran jóvenes, no del todo marginados, pero que si compartían el conjunto de frustraciones de muchos jóvenes en todo el mundo. El mismo problema se ve reflejado, según el gobierno Chino, en que la principal causa de muerte entre jóvenes chinos, de entre 15 y 29 años, es el suicidio. Los jóvenes suicidas de Londres y muchos jóvenes chinos, tenían un perfil similar al del asesino de Colosio que tenía 22 años cuando cometió el crimen. Según relata Héctor Aguilar Camin, había ya detrás suyo, un largo camino de frustración y violencia. En muchos sentidos, éste homicida es paradigma de la juventud mexicana: lleno de ambiciones que no tuvo oportunidad de canalizar, sin opciones de crecimiento personal, de aliento para sus ambiciones legítimas, las de un niño que quería comerse al mundo a puños y quien finalmente sólo pudo concretar su gloria con un magnicidio.
Todos los días aparece un nuevo dato que revela el desperdicio del potencial juvenil en México. Y más allá de la indignación, resulta estúpido: esa juventud es en verdad nuestra única ventaja ante el mundo desarrollado. Estos jóvenes viven en familias que no les brindan seguridad. En el seno de sus familias tendrían que haber encontrado un futuro con autoestima, con aliento, con seguridad. La familia es el espacio en el que nacen y se desarrollan los primeros años, el único espacio que tienen. Pero ¿que le ofrecen los adultos a los jóvenes mexicanos sino dolores, miedos, violencias y frustraciones? Poner atención, dinero, políticas, programas, metodología e investigación en las familias mexicanas es de primera importancia. Nos estamos equivocando gravemente al no hacerlo. No es con más cárceles y detenciones que vamos a terminar con la violencia callejera cuando ésta se inicia en casa, en el seno de la familia. Si no detenemos a la violencia desde su génesis, a la larga nos encontraremos con un problema mucho más caro, con un problema que se reproduce a una velocidad a la que ningún estado podrá alcanzar con sus medidas punitivas.

En nuestro presupuesto se destinan partidas de miles de millones para reducir la inseguridad, la delincuencia y el narcotráfico a través de medidas coercitivas: ejercito, policías y cárceles. No hay inversión sin embargo, para apoyar a las familias violentas; para que atiendan la salud de sus adictos, para ayudar a sus discapacitados, para sus viejos, para que todos vayan a la escuela. Tampoco hay inversión ni atención reales para mejorar la calidad de la educación, para proveer de infraestructura con nuevas tecnologías a las escuelas públicas. Si la familia es el primer parte aguas en el desarrollo de un niño, la escuela es el segundo: La escuela debe aportar el conocimiento necesario para que un ser humano que idealmente tendría que venir potenciado de su casa, encuentre qué puede y qué quiere en el futuro de su vida laboral, profesional.
El tercer espacio donde debemos poner atención es el del municipio: su comunidad. Aquí el joven tendría que encontrar la infraestructura y las oportunidades para poner en práctica las capacidades y habilidades que a la larga lo harán crecer, a él y a su comunidad.

En cambio, tenemos familias violentas, escuelas ineficientes, municipios que transforman en migrantes a su mano de obra y a su inteligencia. ¿Por qué? Por falta de visión, por falta de recursos, por atavismos a viejos cacicazgos. ¿Que esperamos que sea de estos jóvenes frustrados en casa, frustrados en la escuela, frustrados en el entorno comunitario?

Ante la aparición de muchachos cada vez más jóvenes en las redes del crimen organizado los caminos propuestos han sido tradicionalmente bajar la edad penal, implementar toques de queda y hacer razzias; esto es: represión. ¿Quizás exista otra alternativa? Por ejemplo, cambiar los paradigmas con respecto a lo verdaderamente importante a la hora de votar un presupuesto público. No estoy diciendo que no sea importante poner atención a las necesidades del corto plazo, pero no podemos seguir apostando todo a esto. Lo que sembremos hoy es lo que vamos a cosechar mañana. Si todo lo gastamos en el ahora, no tendremos futuro. Iremos arrastrados por la marea, sin posibilidad de influir, de trazar por decisión, nuestro destino como país.

Pensemos en estos tres espacios, la familia, la escuela y el municipio, y desde ahí construyamos las políticas públicas, las reformas legislativas y los presupuestos. Hay que comenzar a pensar de otra manera: terminemos con las inercias del discurso político tradicional, lleno de palabrejas sin sentido. La realidad de los jóvenes de ahora está hecha de frustración, desesperación, coraje, tristeza. Un foco rojo más, ¿cuántos más necesitamos para reaccionar? ¿Cuántos nuevos fundamentalismos estamos dispuestos a fermentar?

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